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Abril 2007 PDF Imprimir E-Mail
Filosóficamente, los intelectuales comunistas profesan el “materialismo histórico”, la concepción materialista de la historia propuesta por Marx como marco teórico para explicar los cambios humanos y sociales. En realidad, los verdaderos materialistas somos nosotros, los cristianos, pues no existe realidad más sólida, concreta y perdurable que la del cuerpo de Cristo resucitado.

ImageEl evento concreto, espléndido y luminoso de la Resurrección partió la historia humana en dos, y se constituyó como el acontecimiento central que penetra e imbuye todas las realidades y toda la conducta humana. La Resurrección de Cristo es la verdad más definitoria que ilumina y juzga todos los ámbitos de la actividad humana.

Por lo mismo, a pesar de que las apariencias sugieran a veces lo contrario, definitivamente el bien ha triunfado sobre el mal, la gracia sobre el pecado, la luz sobre la oscuridad.

En medio de todas las angustias, sufrimientos y males que hoy día nos afligen, no hay noticia más reconfortante que aquella felicitación dada por la Iglesia a María: “Gózate y alégrate, pues en verdad el Señor ha resucitado”.

A todos los lectores de Gólgota, nuestra más cordial y efusiva enhorabuena: ¡Felices Pascuas de Resurrección!

José Alberto Villasana

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“La mejor noticia”
Roberto O’Farrill Corona

El sepulcro vacío del Señor es la mejor noticia que como humanidad hemos recibido. Difícil de entender, imposible de comprender, pero fácil de aceptar por la vía de la Fe.

Image“Pasado el sábado -dice San Marcos en su relato del Evangelio-, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?”. Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: “No se asusten. Buscan a Jesús de Nazarét, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Vean el lugar donde le pusieron. Pero vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán, como les dijo. Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo...”

Las mujeres no dijeron nada a nadie (en ese momento) porque tenían miedo. Pero yo no tengo miedo alguno de decirlo, de anunciarlo, de proclamarlo cuanto pueda y a cuantos llegue, pues como he dicho, es la mejor noticia que como humanidad hemos recibido y por tanto es la mejor noticia que puedo dar a conocer. Tal vez pudiese sentir temor de que no me crean, pero eso de creer no es asunto mío sino de Cristo. Por lo que a mí respecta cumplo con la tarea que el Señor nos encomendó a todos y que consiste en ir a anunciar el Evangelio a toda la creación; por eso me resuenan las palabras de San Pablo: “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!”.

El joven sentado en el lado derecho del sepulcro y vestido con una túnica blanca puede explicarse sencillamente diciendo que fue una “Angelofanía”, pero en una Fe profunda no es suficiente. El sepulcro vacío es, por sí mismo, todo el mensaje que necesitamos. El sepulcro vacío habla por sí mismo y se expresa sólo. Ese joven vestido de blanco, en el caso de San Marcos era San Marcos. Se colocó allí a así mismo porque él se dio a la tarea de anunciar el Evangelio, por eso escribió el primer relato hacia el año 64. No conoció Juan Marcos personalmente a Jesús. El Evangelio lo escribió a partir de las narraciones de Pedro y de los demás discípulos. Conoció el sepulcro vacío por lo que le contaron, pero llegó a creer en ello de manera tan vehemente que en su escrito se situó allí para dar la noticia por su propia voz, tal y como lo ha logrado al cabo de dos mil años de Iglesia.

Yo también me coloco en el sepulcro vacío. No necesito trasladarme a Jerusalén ni entrar al sitio para ver, comprender y aceptar. Por lo que a mí respecta, ese joven soy yo y puedo afirmar que Cristo no esta ahí, que ha resucitado, y puedo también invitar a todos los que me escuchen a volver al inicio, a Galilea, para recorrer juntos el camino del Señor de la mano del Señor, y descubrir que el camino es Él mismo. Esta ha sido, sin la más pequeña duda, la mejor noticia.

 

"El cireneo o el pequeño hombro del Hombre"
Eduardo Sastré de la Riva

De los diversos cuadros y momentos que habremos vivido esta Semana Santa, al volver a recorrer cada una de las estaciones del Vía Crucis, uno es a mi parecer quizá, el más impactante para el propio Jesús sufriente y para los hombres de todos los tiempos, sin que esto signifique de modo alguno, que cualquiera de los otros, no tiene una enorme y trascendente importancia en lo que mira al proceso de la salvación del género humano que se certifica y consuma en la vía dolorosa y en el Gólgota.

Cuando después de que prácticamente Jesús había derramado gran parte de la totalidad de su sangre en el Sanedrín, en el patio de la flagelación, en la coronación de espinas y en los primeros tramos del recorrido hacia su crucifixión, las fuerzas humanas se estaban agotando y es en ese momento en que se producen las inolvidables y dramáticas caídas del Nazareno, vencido bajo el enorme peso de la cruz, que era no solo el madero, sino el contenedor de las ignominias del hombre, que serían redimidas en el martirio inexplicable del sufrimiento del Hijo de Dios, símbolo inigualable de la masedumbre, de la pureza y de la justicia y es ahí donde cuando los ojos dolientes del Cristo, retratados espléndidamente en ese cuadro de Tiziano, ven con sorpresa la llegada de Simón de Cirene, el Cireneo, que en nombre de todos los hombres justos y buenos, suma sus fuerzas para ayudar al propio Jesús, a soportar el martirio, a continuar la misión, a culminarla, pero sobre todo para acompañarlo en los ramos más dolorosos de su peregrinar por esta vida y en esta tierra.

Estoy convencido, que si una cosa le causo un infinito dolor al Divino Maestro, desde el momento mismo de su aprehensión en el Jardín de los Olivos, en Getzemani, fue el abandono de los que él amaba y la infinita soledad en los momentos mismos de su martirio y es por ello que le duele tanto la negación de Pedro y la ausencia de los discípulos en la vía dolorosa y es por lo mismo, que tanto valora la compañía repentina del Cirineo, los llantos de las mujeres, el paño de la Verónica y la valiente presencia en el Gólgota, del discípulo amado, al lado de la madre de madres, que es inigualablemente María.

Por eso ahora, en estos momentos de reflexión sobre los instantes relevantes de la Pasión Redentora de Jesús, podríamos preguntarnos, ¿Qué tanto estamos dispuestos a ser esos modernos cireneos, que en tiempos como los que corren, con la legalización del aborto, la negación del propio Dios y la enloquecida carrera humana por la cultura de la muerte, ayudáramos a Jesús a seguir cargando la cruz de nuestras infamias, ingratitudes y negaciones para colaborar con él a la salvación de nosotros mismos y de nuestros hermanos los hombres? ¿Qué tan sinceramente podríamos decirle a la virgen María que nos fue dada por madre eterna, que después de este martirio de su amadísimo hijo, se venga a nuestra casa, la recibiéramos para siempre y le pidamos que se quede con nosotros para enseñarnos como conocer y tratar mejor a su divino Hijo?

Dios ha contado siempre con nuestros pequeñísimos esfuerzos, porque en ellos radica la expresión contundente de nuestro deseo de salvarnos, de ser mejores y de intentar, aunque quizá no lo logremos del todo, estar a la altura de sabernos hijos del Eterno. Hoy debemos decidir cada uno de nosotros si nos sumamos con convicción a la profesión de nuestra Fe, en el trascendente papel del Cireneo que sabe acompañar a Cristo en la cruzada de la salvación de todas las almas o como en el caso del joven rico, solo bajamos la cabeza y nos retiramos resignados. Jesús espera nuestra respuesta.

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“La Pasión de la Iglesia”
Luis Eduardo López Padilla

ImageAl acercarnos a la Semana Mayor o Semana Santa, donde tendrá lugar la conmemoración de los días previos a la Pasión dolorosa y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, no podemos menos que voltear nuestra mirada a quien es la esposa de Cristo, la Iglesia, que también está llamada a padecer su penosa pasión y “muerte”, para luego posteriormente resucitar con gloria. Ya lo había profetizado el mismo Jesús al encontrarse en el camino al Gólgota a las hijas de Jerusalén, cuando les dice: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos pues si esto han hecho con el leño verde, ¿qué no harán en el seco?” (Lc 23, 30 – 32).

El leño verde es Jesucristo, el Cordero sin mancha, el Hijo Unigénito del Padre, quien llegada la hora del poder de las tinieblas se sometió libremente, por amor, a la Voluntad de Su Padre –pues Él da su vida por los hombres, nadie se la arrebata– para ser ultrajado, menospreciado, ridiculizado, flagelado, coronado de espinas, hasta derramar la última gota de sangre y agua en lo alto de la cruz, y por cuyo Acto de Amor quedó consumada la Redención de la humanidad. Misterio de amor y de sacrificio por el que se reconcilia el Padre con los hombres y deja trazado el camino para todo aquél que quiera llegar al Cielo: a través de la negación de nosotros mismos y tomando para sí la cruz de cada día.

De la misma manera, el leño seco –que somos nosotros, que es la Iglesia– también deberá sufrir su penosa pasión y “muerte”, con la diferencia de que Cristo era inocente y nosotros somos los verdaderos culpables. Preparémonos entonces a la hora del poder de las tinieblas que ya toca a las puertas de la Iglesia, y que explica desde ahora su terrible proceso de burla, crítica, persecución y traición que está sufriendo desde la base hasta su cabeza, y que nos adentra a los momentos de su dolorosísima pasión y “muerte”. Mas sin embargo, ¡no tengamos miedo!, pues de la misma manera que Jesucristo venció con la Cruz, la Iglesia también está llamada a vencer con el sufrimiento y el sacrificio cruento en extremo, para que al final la Iglesia salga victoriosa, renovada, como una novia engalanada para las bodas del Cordero (Ap 21, 2), puesto que la promesa de Su Fundador es sin condición: Las puertas del infierno no prevalecerán (Mt 16, 18).

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“¿Qué hacer en Semana Santa?”
Marilú Esponda

Hay personas que aman, porque saben lo que es el amor, y saben cómo hacerlo, pero para esto han necesitado antes descubrirlo.

ImageJesús en la Cruz es el reflejo del misterio de amor de Dios más impresionante a los hombres, pero este hecho no es evidente para nosotros: hace falta darse cuenta, pensarlo, contemplarlo, profundizarlo, hacerlo nuestro poco a poco.

¿Cómo entenderlo?
Se empieza por querer hacerlo, en la misma fuente del Amor, así entenderemos su significado: abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas. Y luego deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor.

Este tiempo ha de ser una ocasión de ahondar en la profundidad del Amor de Dios, para poder también -con la palabra y con las obras-, mostrarlo a los hombres. En la Pasión se consuma nuestra propia vida y la entera historia humana.

La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, es la consideración del misterio de Amor de Jesucristo que se prolonga en nuestras almas. Pensar en la muerte de Cristo nos lleva a situarnos con absoluta sinceridad ante nuestro quehacer ordinario de cristianos y a tomar en serio nuestra fe.

Estamos en un buen momento para cargar con la Cruz: la Redención se está haciendo hoy -¡ahora!-; y para esto, dice san Josemaría Escrivá: Hemos de hacer vida nuestra la vida y la muerte de Cristo. Morir por la mortificación y la penitencia, para que Cristo viva en nosotros por el Amor. Y seguir entonces los pasos de Cristo, con afán de corredimir a todas las almas.

El corazón humano tiene un coeficiente de dilatación enorme. Cuando ama, se ensancha y supera todas las barreras.

La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. El dolor es como el martillazo del escultor que quiere configurar en nosotros –un bloque de materia sin forma-, la imagen de su Hijo.

Admitir que el dolor tiene un significado sobrenatural, supone la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a una situación dramática, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria.

Creer en el Hijo Crucificado, significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más potente que todo género de mal en el que el hombre, la humanidad, el mundo, están involucrados.

En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría.

Su vida –la de Cristo-, y la nuestra tienen mucho que ver. Nada de lo nuestro le es ajeno. Nuestras vidas serán más plenas mientras más en común tengan, porque los cristianos estamos llamados a configurarnos con él, a ser otros Cristos que pisan esta tierra hoy: abril del 2007. Sólo así somos plenos, sólo así –con Él-, nuestra vida irá encontrando su sentido más profundo y nuestras ansias de amar confirmarán que sólo Dios puede colmarlas.

Tratando a Jesús continuamente -día a día-comprenderemos poco a poco la grandeza del amor, de una vivir a su lado, cumpliendo -¡amando!- su Voluntad, aunque cueste. Y le daremos todo y ganaremos todo: a Él. Semana Santa es buen momento para intensificar el trato.

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“Descendió a los infiernos”

Incomprensible resulta, por desconocer su significado, el texto del Credo de los apóstoles que afirma que Jesús “descendió a los infiernos”. De manera textual “infierno” es el inframundo, el mundo inferior, el mundo de los muertos. No bajó pues, el Señor, al infierno, entendido como la Gehena o el lugar del demonio, sino quiere significar que murió de verdad. Tomado de una antigua homilía sobre la noche del grande y santo Sábado previo al domingo de Pascua, el siguiente texto lo explica bien:

“Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra esta temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Va a busca a nuestro primer Padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva. ”

 

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