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En el mes de marzo destaca la festividad del día 19, dedicado a San José, esposo de la Virgen María, padre del Salvador y patrono de la Iglesia. Para muchos, San José es un santo relegado, sepultado en el olvido y en el anonimato, tal vez porque así fue su vida, oculta, abnegada y silenciosa.
Sin embargo, San José sobresale por encima de todos los santos no sólo por haber convivido con el autor de la gracia y con la “llena de gracia”, sino por el ejercicio personal, heroico y ejemplar, de todas las virtudes.
Por ello, San José es un poderoso intercesor y un modelo singular a seguir. Y lo es más que nunca. En estos tiempos en que en el mundo parece prevalecer la violencia, la injusticia, la mentira, la incerteza y la corrupción, volvemos los ojos a aquel que, en medio de un mundo también atribulado, recibió en sus brazos al recién nacido con una fe luminosa y una esperanza ardiente.
Es nuestro deseo que las reflexiones de este número sirvan a todos nuestros lectores para renovar su aprecio y cercanía de tan insigne santo.
Agradecemos las colaboraciones que nos han hecho llegar tan destacados exponentes.
José Alberto Villasana 
Esposo, padre y trabajador Roberto O’Farrill Corona
Maria la virgen Madre de Dios contemplaba una tarde a San José mientras dormía abatido por el cansancio del viaje a Belén y vencido por el sueño, cuando de su boca salió un suspiro que, alternado con palabras, alcanzó a decir: “Hijo mío: tendrás a un hombre bueno y honesto para criarte, un hombre que renunciará a sí mismo y se dará a los demás”. Ese San José, esposo de María y padre de un hijo que no era suyo, ha sido el hombre más herido de amor por Dios. Por ello supo renunciar a sí mismo y por eso pudo darse a los demás.
Para quien cree, y yo me cuento entre ellos, San José es un gran modelo a seguir, más si tenemos esposa, si somos papás y si intentamos sostener con nuestro trabajo a un hogar con familia, porque una de las grandes lecciones que San José nos hereda consiste en que él, teniendo por esposa a María y por hijo al Redentor, no dejó de trabajar jamás. Con sus manos los mantuvo y los sostuvo; crió al Hijo del Creador y le enseñó a ser, a su vez, un gran hombre. Murió José tranquilo, en su propia cama, teniendo sentado a un lado a Jesucristo y al otro a la Virgen.
Santa Teresa de Jesús narra de la siguiente manera su cercanía hacia él: “Tomé por abogado y Señor a San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo; de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas las cosas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre le podía mandar, así en el cielo le hace cuanto le pide”.
A este grande santo lo celebramos el día 19 de marzo, fecha propicia para acercárnosle como Santa Teresa, y conocer cuán buen Patrono es de la familia, del matrimonio, del trabajo y de una buena muerte. Patrono de las causas perdidas Luis Eduardo López PadillaCuando María regresó a su casa después de permanecer unos tres meses con su prima Isabel, inicia el drama en el alma de José. Pronto comprende que no hay error posible: María lleva un niño en su vientre. Su espíritu se hunde en un abismo de agonía. ¿Dudó acaso José de la virtud de María?, nos adherimos a la opinión de San Jerónimo: “José, sabedor de la virtud de María, rodeó de silencio el misterio que ignoraba”.
La Virgen hubiera podido con una sola palabra tranquilizar la angustia de José, pero no lo hizo porque no había recibido el mandato de descubrir el secreto del Rey. Así, en el alma de José se desarrollaba un dramático combate. Durante noches y días tuvo que luchar con aquel enigma, dándole vueltas y más vueltas. No ignoraba la norma dictada por Moisés que ordenaba, en casos como éste, entregarla a la justicia, pero estaba convencido de que María era inocente.
Así que solo una cosa podía hacer, incluso a riesgo de difamarse él mismo. Trataría de cumplir con María y con la Ley: dejaría a su prometida para respetar un misterio que no le estaba permitido desentrañar. La dejaría en secreto, sin decirle nada a nadie, por lo que tal vez lo acusarían de cobardía, pero era mucho mejor que acusarla a ella.
Y así José, por alguna razón, fue aplazando día con día su decisión. De alguna forma Dios ha aceptado su sacrificio, tan duro como el que le pidió a Abraham respecto al sacrificio de su único hijo Isaac. Le vendrían a José muy bien las palabras que el Señor pronunció en lo alto de la cruz: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”
Pero es claro que por ser agradable a Dios, José debía ser probado en la tentación, seguramente porque en la mente del Altísimo estaba predestinado a ser abogado de las causas perdidas, hacia quien volverán sus ojos las almas adoloridas, angustiadas, desesperadas en estas horas tenebrosas y aplastantes que vive la humanidad de hoy. Así José vivió por anticipado el misterio de Getsemaní y del Viernes Santo.
Y habiendo Dios conducido a José al límite de la desolación y del sufrimiento, lleno de temor, en una noche, rendido y cansado y ya dentro de un profundo sueño, de repente, el Ángel del Señor se le aparece y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados”.
Acudamos a José, en nuestra noche oscura del alma, pues él es el patrón de las causas perdidas. 
El amor incondicional Eduardo Sastré de la RivaSin restar un ápice al papel fundamentalísimo de la Virgen María en la obra de la Salvación del género humano y sin desmerecer tampoco de la manera más sutil que hubiere la Fe profundísima de ella, al pronunciar el “Sí” a la voluntad del Padre Eterno, para dar paso a la Encarnación del Hijo de Dios, en este momento de la historia de la humanidad y de la creación misma, la figura de San José irrumpe impresionantemente, al ser el primer hombre que cree ciegamente en Jesús, sin haberlo sentido en su ser, en medio de todas las dudas humanamente explicables y es él, el que en el portal de Belén le tiende los brazos para recibirlo, acunarlo, protegerlo y darle la bienvenida con amor a este mundo y a esta existencia, adoptándolo en el corazón como hijo propio, por el que habrá de ver y cuidar, a pesar de su propia suerte y aún de su propio destino.
José, el fuerte y apuesto carpintero de Nazareth, el esposo de la joven y bella María, es el pilar fundamental de la casa familiar donde Jesús crece y se educa en la fe de sus mayores, de la mano misma de su padre terrenal, el cual le prodiga no solo la educación humana y espiritual, sino esa que los padres buenos saben dar con el ejemplo y con el amor, lo enseña a amar, lo abraza, lo cuida y le da la estabilidad para crecer con alegría, es por ello que lo salva, sin dudar en ningún momento de Herodes y aunque supone dejarlo todo, construye para él un entorno normal de familia aún en el exilio, de donde habrá nuevamente de protegerlo, para que con su madre, el joven Jesús, vuelva con seguridad a su tierra.
Siempre he pensado, que Dios le dio a San José una inmensa y especial capacidad de amar, basada en una considerable disminución del egoísmo concomitante a lo humano, para hacerlo capaz de amar tanto, a un hijo que no era de su sangre y para en el nombre del verdadero padre, el Eterno, ser tan humilde para rogarle a su propio hijo, desvanecerse en su historia, para no estorbarle a él mismo, a Jesús el Salvador, ni a su propia madre la Virgen María, madre de la humanidad y ser solo él, José, la “Sombra del Padre”, como bien se intitula esa biografía del santo más grande que ha habido en nuestra Iglesia y de quién es, la encarnación del auténtico Amor Incondicional, de la humildad y de la adopción. El patrono y maestro de los grandes místicos Ernesto O´Farrill Santoscoy, OCDS
Entre los mas insignes místicos de todos los tiempos, tanto en el oriente como en el mundo Greco- latino, resulta interesante observar que coinciden tanto la Virgen María como San José, como las figuras centrales de su devoción personal. La inspiración espiritual que estos dos pilares de la santidad infundan en el alma del orante cristiano es inigualable, y supera el paso de los siglos, las modas, y los cambios culturales.
Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora de la Orden del Carmelo Descalzo, Doctora de la Iglesia y Master de la espiritualidad del Barroco, es una buena muestra de esta devoción especial a San José y a la Virgen.
Sobre el Patriarca de patriarcas, nos confiesa en el libro de su Vida (La Vida) lo siguiente: “Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Ví claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra -que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar-, así en el cielo hace cuanto le pide.”
Santa Teresa no repara en hacernos una clara recomendación: “Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino.”
Viniendo de quien viene esta recomendación, no parece una mala idea el adoptarla.
San José, esposo de María y a quien Jesús llamaba “padre” Luciano Barp Fontana*
No fue padre natural de Jesús (quién fue engendrado en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios), pero José lo adoptó y Jesús familiarizó con él como un buen hijo ante su padre. En efecto, José influyó naturalmente en el desarrollo humano del niño Jesús.
Las principales fuentes históricas que tenemos sobre San José son los Evangelios, en particular los primeros capítulos de Mateo y Lucas.
Consta que era un carpintero, un trabajador. Los habitantes de Nazaret se referían a Jesús diciendo: "¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María”?.
Consta que José no era rico, puesto que cuando llevó al niño Jesús al templo, ofreció el sacrificio de dos tórtolas o un par de palomas, según la costumbre de aquellos que no podían pagar un carnero.
Consta que José fue un hombre de profundo silencio para percibir la acción de Dios. Sabemos que José, como era justo y no quería poner a María en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer. Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo». Todo esto sucedió para que se cumpliese el plan de Dios: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros».
Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Cuando ella dio a luz un hijo, le puso por nombre Jesús.
Consta que José era un hombre de fe, obediente a lo que Dios le pidiese aún sin saber lo que podría suceder después. Cuando el Ángel visitó a San José en sueños y le dijo la verdad acerca del niño que María traía en su seno, inmediatamente y sin cuestionamientos ni murmuraciones tomó a María por esposa. Cuando el Ángel de nuevo se le aparece en sueños, esta vez informándole que su familia estaba en peligro, inmediatamente huyó a un país extraño con su joven esposa y con el niño. Esperó en Egipto, sin poner en duda la voluntad de Dios, hasta que el Ángel del Señor le indicó que era seguro regresar.
Consta que José amaba al Señor Jesús. Su primera preocupación era la seguridad del niño que le fue confiado. Sabemos que, cuando Jesús se perdió en el Templo, José junto con María lo buscaron con profunda ansiedad por tres días.
Consta que José trató a Jesús como su propio hijo, puesto que el pueblo de Nazaret repetía: "¿No es éste el hijo de José?".
Hay muchísimas cosas que quisiéramos saber sobre San José, pero los Evangelios nos han dejado el dato más importante, es decir, que José era un "hombre justo". San José es modelo de padre, modelo de esposo y patrón de los trabajadores.
*Doctor. Investigador. Universidad La Salle.
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Custodio de la Iglesia José Luis Herrera Martínez*
Quiso Dios en su gran misericordia y sabiduría encomendar el inicio de la última etapa de la historia de la salvación a san José, siervo prudente y fiel. Efectivamente, a Él le confió el misterio de la Encarnación. Misterio que José aceptó en la humildad de la fe con su discreción y su servicio protegiendo a María en todo lo que implicaba esta manera inédita, inaudita y única de ser madre. Con su actitud de hombre justo, por no alcanzar a comprender el embarazo de su esposa, quiso distanciarse del hecho exponiéndose a aparecer ante todos como injusto, pues de haberse retirado, habría pasado como un hombre irresponsable que, como suele suceder entre los humanos, abandonó a la mujer embarazada. José prefería sufrir esto antes que difamar a María. Pero Dios, que en su proyecto de amor no abandona a nadie, le reveló el misterio el cual aceptó en la obediencia y el amor a Dios. De esta manera José permaneció fiel a Dios, a su esposa María y a su hijo.
Hoy san José sigue custodiando al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia y ésta lo reconoce como patrono y protector. No dudemos en acogernos a su intercesión y auxilio en la obra que realiza el Espíritu Santo en nosotros de conformarnos a Cristo. La mejor manera de venerar es imitándolo en su fe y en su obediencia a los planes de Dios misericordioso.
*Pbro. Lic. en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, Párroco de San Vicente Ferrer, Ciudad de México. Escuchante y practicante de la Palabra Enrique Castro Yurrita*
Sólo podemos encontrarnos con san José siguiendo el camino seguro del Evangelio. José era un varón justo, trabajador como millones de personas en el mundo pero lo que le distinguió fue su conformidad absoluta con la voluntad de Dios. Un artesano al que le bastaba conocer la voluntad de Dios escuchando la Palabra del Señor: "Levántate, toma contigo al Niño y a su Madre y huye a Egipto" y con prontitud realizó lo que el Señor le mandó: "El, levantándose, tomó consigo al Niño y a su Madre, de noche y se refugió en Egipto". Esta prontitud para cumplir los designios del Señor en su vida es ejemplar para nosotros, que en las circunstancias de crisis buscamos interpretaciones cómodas a nuestros caprichos para terminar realizando nuestra voluntad. Y, eso que el Señor no nos pide cosas más difíciles. De ahí, que no podamos sino encomendarnos a san José para obedecer a Nuestro Señor.
José es un varón justo que se hace cargo con "determinada determinación" como diría santa Teresa de Jesús, de la voluntad divina. Una persona que asume de esta forma la voluntad de Dios nos habla de un cultivo asiduo de la oración que le hace permanecer siempre abierto a los caminos de Dios en su vida. Todo para José es motivo de unión con Dios. Aquel largo camino, junto con María, en el desierto y su estancia en el exilio, le recordó a José, a su pueblo que guiado por Moisés, verían cumplida la Promesa del Señor. San José es un creyente para el que el Desierto es una oportunidad para meditar, purificar y unirse con Dios.
Nosotros, como José en otro tiempo, también podemos constatar la voluntad divina que nos conduce a nuevas situaciones de exilio; éxodos de nuestros egoísmos para salvaguardar la vida nueva que Jesús nos brinda. Salir de la tierra de nuestras seguridades es una noche oscura para el creyente. En san José encontramos la inspiración del creyente justo y valiente para realizar la voluntad salvífica de Dios.
*Pbro. Lic. en Teología Espiritual por la Universidad de Comillas; Maestría en Espiritualidad en el Centro Internacional Teresiano San Juanista de la Orden del Carmen, en Ávila, España. Superior en la Comunidad de la Iglesia de la Sabatina. Párroco en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen en la Sabatina. ¿Dónde demostró San José que era justo? Marilú Esponda*
San José ha sido honrado –después de la Virgen María-, con los mayores honores y alabanzas: es Patrono y Protector de la Iglesia Universal, y Patrono de todos y cada uno de los fieles; es defensor de la Santa Iglesia, que es verdaderamente casa del Señor y del Reino de Dios en la tierra. Su devoción es ampliamente recomendada por grandes santos, entre ellos Santa Teresa: “querría yo persuadir a todos fueren devotos de este glorioso santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios”.
San José fue carpintero y nunca obró milagros. Tampoco sobresalió en su tiempo ni hacía cosas extraordinarias. Trabajaba, pero trabajaba lo mejor posible. Todo lo que tenía, lo dio: se dio él mismo cada momento en lo que hacía.
El Señor no quiere que le ofrezcamos cosas grandes que no tenemos; sino lo pequeño y -en apariencia- insignificante que tenemos hoy.
Así actuó José: sin querer ir detrás de cosas extraordinarias. Sabía que para Dios no hay cosas grandes y cosas pequeñas, ¡todo era ocasión de unirse más al que nos ha dado todo: lo grande y lo pequeño!
En nuestra vida habitual, está Dios siempre presente; sin el ruido de un tambor que hablaría más de vanidad que de abnegación; sin el éxito espectacular que ahorraría el sencillo heroísmo del dolor.
Anhelemos de esta vida lo extraordinario de una vida ordinaria llena de amor, que pasa inadvertida a la mirada humana. Es de almas grandes fijarse en las cosas pequeñas. ¿Dónde demostró San José que era justo? En las cosas pequeñas. En las cosas pequeñas colmándolas de amor. En esto podemos crecer cada día infinitamente.
Aprendamos de José a vivir una vida fiel, en la que dejemos –como él-, que sólo Jesús se luzca.
*Fue Directora de Prensa de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Actualmente se especializa en Comunicación en Roma.
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