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La Revelación como palabra, testimonio y encuentro histórico (Febrero 2010) PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Julieta Castañeda Erazo   
Continuando con el tema acerca de la Revelación, la Tradición y la Escritura, el Apóstol Pablo tiene en sus escritos continuas referencias al Antiguo Testamento, numerosas huellas de tradiciones judías; puesto que, considerado como el primer teólogo cristiano, usa con frecuencia técnicas rabínicas de exégesis y de argumentación1.

ImagePor otro lado, la lectura de la Biblia de Israel ha presentado un serio problema para algunos cristianos: “¿Puede ser fundamentada y asumida aún hoy día?” Partiendo desde la exégesis histórico-crítica, podría parecer que no. En 1920, el teólogo protestante liberal –Adolf Von Harnack- aseveró que conservar el Antiguo Testamento “como documento canónico de igual valor que el Nuevo Testamento, es consecuencia de una parálisis religiosa y eclesiástica “2.
 
Sin embargo, acudiendo al Nuevo Testamento, Jesús de Nazaret se presenta como el auténtico heredero de las Escrituras, que interpreta con la autoridad que recibió de Dios Padre (Mc 1, 22). “Empezando por Moisés y por todos los Profetas, les explicó (a sus discípulos) lo que en todas las Escrituras se refiere a Él” (Lc 24,27).

Los autores del Nuevo Testamento –principalmente Mateo, también Pablo- intentaron fundamentar la pretensión de Jesús de Nazaret. Pues para ellos, la Biblia de Israel es “la Escritura”, ya que sólo después de cierto tiempo se formó un canon del Nuevo Testamento, constituyéndose también en Sagrada Escritura, “sólo entonces (‘la Escritura’) recibió el nombre de ‘Antiguo Testamento’”3.

La Pontificia Comisión Bíblica, en un Documento acerca de la unidad interna de la única Biblia de la Iglesia, afirma: “Sin el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento sería algo indescifrable, una planta privada de sus raíces y destinada a secarse” (84), porque el Antiguo Testamento infunde sentido al Nuevo Testamento, de modo que su enseñanza es vigente.

En cuanto a la revelación como palabra y manifestación de Dios, Israel la comprende “partiendo del sentido que tiene la palabra en las relaciones humanas”4; pues dar testimonio no es sólo narrar sino que compromete al testigo5; pero, sólo Dios “puede dar a su palabra una garantía absoluta” porque es eterno y absoluto6.

Respecto a la Creación (Salmo 33, 6.9), también es revelación al ser cosa dicha por Dios. Así entonces, Israel comprende “que el mismo Dios que hizo a Israel de la nada, de la esclavitud, ha hecho también el cosmos de la nada”7. Así pues, “La palabra de Dios, en el Antiguo Testamento, dirige e inspira una historia que comienza por la palabra de Dios pronunciada en la creación y que termina con la Palabra hecha carne”8.

Pues, para los cristianos, “la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, quien es el mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2d). Cristo es la palabra eterna de Dios; es el Hijo del Padre que realiza un papel  creador y revelador del Padre, pero en cuanto persona; por lo que habla como testigo acreditado (Mt 11, 27; Lc 10, 22.24; Jn 8,14.38a; 12, 49-50) del amor de Dios hacia el hombre, su creatura.
 
La declaración Nostra Aetate de Vaticano II –sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas-, afirma que el conocimiento y la estima entre cristianos y judíos, “nacen sobre todo de los estudios bíblicos y teológicos, tanto como de un diálogo fraterno”9.

El Papa Juan Pablo II, en una visita a la sinagoga de Roma (1986), declara que: “La Iglesia de Cristo descubre sus vínculos con el judaísmo ‘escrutando su propio misterio’”10; el mismo Jesús de Nazaret lo esclarece de alguna manera en el diálogo con la samaritana (Jn 4,21-22), a más de que, siendo hijo del pueblo judío, el cristianismo nace en el seno del judaísmo del siglo I.

Por tanto, Dios interviene en la historia por su palabra para manifestar su voluntad y su designio, dando continuidad a las dos revelaciones: al Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. Pues la palabra del Hijo es la plenitud de la palabra anunciada por los profetas, la continúa y la termina. “Cristo es la cumbre y la plenitud de la revelación” cristiana11.

Así que, aunque pudiera considerarse “poco práctico” y hasta “obsoleto”  “cargar” todavía con el “Antiguo Testamento”, la estrecha relación que tiene con el “Nuevo Testamento” es una unión ineludible de la cual no es posible prescindir, con la cual necesitamos armonizar. Porque, habiendo recibido –hace más de dos mil años- la plenitud de la revelación de Dios por medio de su Hijo Jesucristo, aún necesitamos escrutarla con la ayuda del Espíritu Santo, el Espíritu de Dios.

NOTAS  BIBLIOGRÁFICAS

1 Cf. PONTIFICIA  COMISIÓN  BÍBLICA, El Pueblo Judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia Cristiana, San Pablo, México 2004, N° 160, p. 170.
2 Ibíd., p. 6.
3 Ibíd., p. 8
4 LATOURELLE, R.,  Teología de la Revelación, Sígueme, Salamanca 1989, p.  403.
5 Cf. Ibíd., p.411.
6 Ibíd., 412.
7 Ibíd., p. 31.
8 Ibíd., p. 18.
9 Cf. PONTIFICIA  COMISIÓN  BÍBLICA, op. cit. p. 185.
10 Cf.  Ibíd., p. 186.
11 LATOURELLE, R., op. cit.  45.
 
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