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Mucho se ha escrito y dicho sobre los llamados “Últimos Tiempos” y mucho también ha sido el interés de los fieles por conocer las revelaciones sobre el “Tercer Secreto de Fátima”, y todo ello en relación con la proximidad del año 2012 que ha exaltado en algunos casos la imaginación sobre el “Fin de los Tiempos” o eventualmente el “Fin del Mundo” y, desde luego, respecto a las cabalísticas revelaciones de Nostradamus y los Mayas entre otras supuestas profecías. Todo esto más por la búsqueda de lo excitante y por tratar de otear en un futuro incierto e impredecible, que por pensar en prepararnos espiritualmente para dar cuenta de nuestra vida y nuestra aportación a la obra a la que fuimos invitados. A cada uno se nos asignó un plan a realizar, desde nuestro nacimiento y por nuestra integración a la familia de Dios mediante el bautismo. Esa misión no es otra que continuar la labor salvífica iniciada por Jesús, así como la extensión de su Reino en la Tierra, en la existencia humana. Esa tarea sólo se puede llevar a cabo a través de la Oración, las Indulgencias, la Misa y la Eucaristía, para lograr también que las ánimas del Purgatorio puedan acceder cuanto antes a formar parte de la Iglesia Triunfante en el Reino de los Cielos. Es impresionante cómo el hombre de estos tiempos ha perdido la conciencia sobre la enorme importancia que tiene su comunicación con Dios, a través de la oración reflexiva y sincera que comienza por agradecer cotidianamente todas las gracias permanentes que recibe, como la vida, la salud, la familia, el amor, el trabajo y la Fe que lo incorpora al mundo de los llamados y de los elegidos por el amor del Padre Eterno y del Hijo Salvador de las Naciones. Todos los bautizados sabemos en el fondo de nuestro ser, cuánto desea y espera Dios nuestra atención, nuestra consideración, nuestro amor y nuestra gratitud, para darle la oportunidad de darnos a raudales grandes bendiciones para nuestro tránsito aquí en la Tierra y nuestra regreso a la casa del Padre, de donde salimos para aprender a crecer en el amor y en la consideración a los demás, a fin de llegar a ser semejantes a imagen perfecta de nuestro creador. Y, sin embargo, cuánta tristeza ocasionamos a Nuestro Señor por nuestra indiferencia, por nuestro alejamiento, por nuestro olvido y abandonos por parte de sus hijos. Ya no oramos, ya no volvemos ni siquiera para decir “gracias” cuando ante nuestros problemas y penas acudimos a Él solo en demanda de ayudas. No nos detenemos a pensar que venimos a la vida para cumplir una misión única y singular en la causa de la creación, que es coadyuvar a la salvación de todas las almas que podamos llevar al cielo. No nos damos cuenta de que hay un gran regalo que nosotros, en nuestra infinita pequeñez, le podemos ofrecer y dar a Jesús y a nuestro Padre Eterno, y que ambos desean intensamente y que irónicamente solo nosotros podemos lograr con nuestras oraciones, con nuestros sacrificios o con nuestras prácticas de piedad: la liberación de las almas del Purgatorio, que son almas por las que Jesús subió al Calvario, logró del Padre la misericordia y la reconciliación, y sin embargo aún no pueden estar a su lado, porque han de cumplir un proceso de purificación para satisfacer los extremos de la Justicia Perfecta y Divina que exige que toda alma en el Cielo vuelva prístina e inmaculada. Ello se puede lograr solamente con la acción de nosotros los miembros de la Iglesia militante en esta vida humana. Hemos dejado de orar y de pedir por nosotros, por los que llamamos nuestros “seres queridos” vivos y desde luego hemos muy rápidamente olvidado a nuestros fieles difuntos. Hemos dejado también que el polvo del tiempo sepulte los amores que profesamos a los que ya se fueron, precisamente cuando ellos más necesitan de nuestro auxilio y de nuestras oraciones, y es que estamos ocupados en nuestras banalidades, en nuestros intereses materiales, creyendo que a la vida venimos a una competencia de importancias y de oropeles de ego fatuo. Estamos ocupados en “realizarnos” para en realidad quedarnos solos y eventualmente rodeados de intereses y desamores. Urge que reflexionemos que el mundo violento, sórdido, inseguro y falso que hemos provocado, es producto de nuestro abandono y exclusión de Dios de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestras escuelas, de nuestras colonias y ciudades y de nuestra Nación. Los católicos nos hemos vuelto vergonzantes y cabizbajos, queremos ocultar nuestra filiación divina ante la impostura del asesinato que es el aborto, ante el atropello de la libertad del niño a quién ahora queremos entregarlo como trofeo en adopciones que no son parte del concepto de familia humana querido y ordenado por el Creador del Universo. Urge volver a los orígenes, al orgullo de pertenencia a nuestra Fe e Iglesia, Cristo está esperando ver cuántos de nosotros en esta nueva persecución contra su Iglesia, levantamos la mano para decir que somos orgullosamente católicos, y que son más los sacerdotes, los religiosos, las monjas y los laicos católicos que están sirviendo a los desposeídos, a los enfermos, a los desahuciados y a los enfermos mentales que ningún otro miembro de ninguna otra confesión religiosa o esotérica. No preguntes que puedes hacer tú. Tú puedes y debes orar. Orar, ese es el camino seguro, y la comunicación más directa con la Eternidad, es por ello que hoy URGE que todos oremos.
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