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“Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta” (Mt 13, 3-8). Con esta parábola se abre el discurso parabólico del evangelio de san Mateo. Por ello, tiene un valor y significado especial para entender el misterio de nuestro llamado o vocación a participar del Reino de los cielos, cada uno según el plan de Dios. En este contexto, esta parábola nos está diciendo que Dios ha derramado sus gracias a manos llenas sobre toda clase de personas para poder conseguir sus metas. Esto nos explica que el matrimonio es la vocación más aceptada por el ser humano. Dios ha sembrado la semilla del amor en todos los corazones humanos, no importa el temperamento o carácter que tenga cada uno. Sin embargo, ese amor hay que cultivarlo y hay que saber cultivarlo. Alguien ha dicho que el amor es un arte. Y es que hay corazones con distintas capacidades y defectos, de ahí que estén más o menos capacitados para que el amor germine, crezca y produzca sus frutos en la convivencia y vida matrimonial. Sin embargo, cada uno de estos terrenos en los que se siembra la semilla tiene sus desventajas y dificultades para producir buena cosecha, exceptuada la tierra buena. Ello es una advertencia y guía para asegurar la buena cosecha, el éxito en la vida matrimonial. Si nos referimos a la semilla que cayó en el camino, pensamos a aquellas parejas que van al matrimonio sin ponderar y entender adecuadamente la vida con la que se van a comprometer. Pensamos en tantas parejas que aguantan el tener que atender a un cursillo prematrimonial, pues piensan que lo importante para que su matrimonio funcione es que se aman. Si nos referimos a la semilla que cayó entre piedras, que casi no pudo echar raíces y luego se secó, pensamos en aquellas parejas que no tuvieron una preparación y madurez adecuadas para el matrimonio y cuando surgen los retos de la vida se desaniman y lo dejan todo “por la paz”. Si nos referimos a la semilla que cayó entre abrojos o malas hierbas, pensamos en aquellas personas que no son conscientes de sus propias limitaciones personales, de sus fallas, y, por tanto, no hacen nada por corregirse o eliminar, antes de ir al matrimonio, aquellas actitudes que van a impedir una buena relación de pareja; pensamos, por ejemplo, en el orgullo, en el egoísmo, en el machismo, en vicios como el alcohol, la droga o algún deporte, en el apego a la propia familia o a los amigos de juventud. Pero ciertamente que vemos con alegría que también esta semilla cae en corazones bien dispuestos como la tierra buena. Aunque ya sean una minoría, los hay entre nuestros jóvenes, los que se quieren comprometer con la alianza del sacramento matrimonial y se preparan con cursillos prematrimoniales, con retiros espirituales, con lecturas y diálogos sobre el compromiso sacramental y la vida que van a iniciar. Y ojala que los jóvenes que lean estas líneas recuerden siempre que en la Iglesia encontrarán los medios aptos para cultivar el campo de su vida matrimonial y familiar y para crecer en su madurez matrimonial, sea a través de la asesoría personal, a través de grupos y movimientos matrimoniales, a través de ONGs que defienden y ayudan en problemas y situaciones difíciles de la vida familiar, a través de una abundante literatura sobre el matrimonio, retiros espirituales para matrimonios y grupos de oración o comunidades cristianas parroquiales.
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