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“En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio. Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud maravillada decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”. Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. (Mt 9, 32-38). Muchas son las cosas que agobian y preocupan a la gente en la actualidad, provocando angustia y desesperación. Los problemas que nos aquejan nos hacen renegar y reclamar hacia todos lados tratando de buscar culpables y exigiendo que los obstáculos terminen. Llegamos incluso al extremo de reclamarle a Dios y hacerlo culpable de los problemas que sufrimos. Otros, agobiados por los problemas, acuden con desesperación a su templo a orar e implorar que sus problemas se corrijan y puedan volver sus vidas a la normalidad. Las súplicas van entonadas con un dejo de exigencia y urgencia, muy pocas veces las personas piden con fe, pero resignándose a obedecer y aceptar la voluntad de Dios; como lo hizo Jesús en el huerto de Getsemaní, en donde agobiado por su humanidad, solicitó al Padre, si fuera posible, que el sufrimiento que estaba por venir se evitara, pero aclarando en la súplica, por amor al Padre, que no se hiciera su voluntad sino la de el Creador. Nuestros sufrimientos son el resultado directo de nuestras mismas acciones pasadas, recientes o no, conscientes del mal que hayamos hecho y peor aún, inconscientes de tales hechos. El desconocimiento o la ignorancia de las malas acciones ejercidas, no nos eximen de los efectos resultantes. Los sufrimientos que nos aquejen en la vida, deberían tomarse como lecciones de fortaleza, lecciones de fe, lecciones de amor y todo ello en conjunto como una forma de seguir pasando la prueba de la vida. El pueblo católico de Dios debe, por amor a Dios y al prójimo por Dios, saber sacar lo bueno de todo eso que nos sucede y que aparentemente es malo. Debemos saber convertir nuestros sufrimientos en triunfos de vida, en pruebas superadas. Cuando algo “malo” nos suceda, no debemos reaccionar reclamando: “¿por qué me pasa esto a mí?” Si de verdad amas a Dios, tu reacción debería ser el preguntarte: “¿Para qué?”; es decir: para discernir qué debo corregir en mi vida, qué aspecto necesita pulirse, qué camino equivocado debo evitar. Por todo esto, cuando los problemas nos aquejan, no necesitamos explicar a Dios, pedir, pedir y pedir lo que nosotros juzgamos que requerimos con urgencia. Él ya sabe perfectamente lo que tú deseas, lo que tú necesitas y lo que tú no sabes que deseas o necesitas. Si nuestra pobre humanidad fuera capaz de demostrarle a Dios un amor puro y desinteresado, un amor real y total, Dios te concedería todo lo que necesitas y más, sin pedirlo, sin suplicarlo, esto dado que has sido capaz de ejercer un amor total, que es el amor que se da, sin esperar nada, sin condicionar nada. Un amor auténtico por Dios. Si acudimos al templo a orar y suplicar para que se nos resuelva alguna necesidad, para obtener salud o para resolver cualquier tipo de problema que nos aqueje, no es algo incorrecto, eso demuestra que tienes fe, siempre y cuando no lo hagas exigiendo desesperadamente la solución. Debemos saber pedir, pero también debemos saber abandonarnos a la Voluntad de Dios y aceptar sus designios. Más correcto sería, acudir al templo sólo para alabar a Dios y darle las gracias por todo, sí, por todo lo que nos sucede, bueno o malo; debemos saber acudir al templo para mostrarle a Dios nuestro amor desinteresado, para alabarlo y rendirle honores y sobre todo, para ponernos a su servicio. Es tiempo de que dejemos de quejarnos por todo, aprendamos a voltear hacia atrás, y hagamos algo por nuestro hermanos, creyentes y no creyentes, que necesitan ser escuchados, que necesitan ser guiados, que necesitan ser cuidados y atendidos. Si realmente amamos a Dios, debemos convertirnos en uno más de los trabajadores de sus campos: “la cosecha es mucha y los trabajadores pocos”. Los acontecimientos que aquejan al mundo, como los fenómenos naturales, la violencia generalizada, los problemas económicos, los problemas de salud y los líderes poderosos y corruptos, están provocando que muchos pierdan la cabeza, se desesperen, se angustien y que pierdan la fe. Es tiempo de ayudar a todos los hermanos que han perdido la esperanza, que han perdido la fe. Es preciso escucharlos, es preciso hablarles, pero también es preciso ayudarles en todos los aspectos humanos que ellos requieran. Es tiempo de que pasemos de ser Discípulos de Jesús, a ser Misioneros de Jesucristo. Es tiempo de dar, no de pedir. Es tiempo de apoyar a los sacerdotes. Es tiempo de ver a los más necesitados. Es tiempo de amar de verdad. Es tiempo de servir. Es tiempo de ser pastor y dejar de ser oveja. Es tiempo de cosechar y no sólo ser consumidor. Es tiempo de unirnos a Dios, sirviendo a los demás, porque en cada uno de ellos está Dios mismo, porque Dios está en nosotros, porque Dios está en todos y en todo; porque Todos somos Uno. Hoy es un buen día para dejar de pedir y comenzar a dar, para dejar de quejarnos y ponernos a trabajar, para dejar de exigir que nos amen y dedicarnos a Amar. Amar de Verdad, porque la Verdad es el Amor y el Amor es Dios. Porque Dios nos llama y debemos escucharlo y obedecerlo. Porque si amamos a Dios, debemos darle y darnos a Él. Porque darnos a Él es darnos a todos. ORACION PARA APRENDER A AMAR (Madre Teresa de Calcuta M.C.) Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida; Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua; Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor. Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo; Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro; Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado. Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos; Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos. Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión; Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender; Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona. Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos; Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo. Amén.
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