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A lo largo del Antiguo Testamento, el pueblo elegido vivió en la expectativa del Mesías, el cual habría de venir para restablecer a Israel y fundar su reinado universal en esta tierra. No entendieron, a pesar de que los profetas lo repitieron una y otra vez, que antes de esa venida gloriosa y reinante habría una venida previa, no en su índole de realeza, sino en su condición humilde y sufriente, y de aparente derrota final en la cruz.
Hoy día, a los cristianos nos pasa exactamente al revés. Aceptamos que Jesús de Nazaret fue el Mesías esperado, pero se nos ha olvidado la promesa de que tiene que volver para regir el orbe con justicia, y los pueblos con rectitud. Es cierto que Él reina ya, desde la Eucaristía, en los corazones de los fieles viadores y en los salvos del Cielo, pero se tiene que cumplir la promisión esencial de su reinado sobre las naciones, desde un Israel restaurado convertido a Él hacia el final de la Gran Tribulación, reinado en el que se llevarán a cumplimiento todas las bienaventuranzas. Ese es el centro de todo el mensaje de la Redención, y es la primera promesa que Dios le hace a María al momento de la Anunciación: “He aquí que darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 27). Para una joven judía de esa época la promesa era perfectamente entendible, no necesitaba interpretación alguna, y sabía exactamente a qué se referían las palabras del ángel. Cabe resaltar que el Magisterio de la Iglesia Católica, a partir de un decreto del Papa Pío XII, de julio de 1944, condena la idea de que Cristo vaya a reinar visiblemente durante el milenio. Sea en su forma crasa que en su forma mitigada, la Iglesia siempre ha rechazado el milenarismo carnal, sobre todo a partir de exageraciones del hereje Cerinto, quien imaginaba el milenio como una serie interminable de fiestas y banquetes. La consecuencia negativa de esa condena, es que la gran mayoría de los teólogos descartó y descarta hoy, juntamente con esa censura específica, cualquier tipo de milenarismo, negando el dogma de fe que fue esencial y generalizado durante los primeros cuatro siglos del cristianismo, que supervivió en algunos autores a lo largo de la historia de la Iglesia, y que fue retomada por el Papa Juan Pablo II en varios pasajes de sus enseñanzas, entre las que destaca la Audiencia General del 14-02-2001. De esta forma, se ha de entender que Cristo vendrá físicamente sólo en su Parusía, para derrotar al Anticristo y realizar el Juicio a las Naciones, después de lo cual subirá nuevamente a los cielos para quedar reinando desde la Eucaristía, ahora sí de manera plena, íntegra y universal. No es conducente, en base a una condena específica, descartar que se lleve a cumplimiento admirable la finalidad misma de la redención, según lo anunció San Pablo a los Efesios: “Hacer que todo cuanto hay en el cielo y en la tierra, quede restaurado en Cristo bajo su jerarquía soberana” (Ef 1, 9). El Reino, es la realización concreta del plan salvífico de Jesús, que “todos sean uno” (Jn 17, 20) como Él y su Padre son uno, para que finalmente exista “un solo rebaño, bajo un solo pastor”(Jn 10, 16). Será un Reino verdaderamente universal, cumpliéndose las profecías del Antiguo Testamento “Se le dará el poder, la gloria y el reino, y todos los pueblos, lenguas y naciones le servirán” (Dn 7, 14); “Le servirán todos los reyes de la tierra, todas las naciones lo servirán” (Ps 71, 11). Las características las dan las mismas Escrituras: será un Reino de justicia y de paz (Is 60, 18); 32, 17; Ps 71, 3). Será un Reino de verdadera prosperidad (Ez 34, 26; Os 2, 23; Am 9, 13). Será, sobre todo, un Reino de amor, en el que Dios se mostrará especialmente afectuoso con los hombres (Is 66, 12). Si ignoramos ese futuro, caeríamos en la ignorancia esencial de Pilatos cuando le preguntó a Jesús: “¿Luego tú eres Rey?”, a lo que Cristo respondió: “Tú lo has dicho, yo soy rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo” (Jn 18, 37).
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