Los Últimos Tiempos de los que nos hablan muchas veces las Sagradas Escrituras, comienzan propiamente a partir de la Ascensión de Cristo a los cielos y se van a caracterizar por su falta de fe. Al final de los mismos tendrá lugar la aparición del último y personal Anticristo, así como el Juicio de Naciones, es decir, un juicio o purificación sobre el mundo, el cual anuncian con frecuencia tanto los profetas como el mismo Jesucristo, por vivir los hombres alejados de Dios y a espaldas del Evangelio. De este Juicio de Naciones o castigo saldrá un mundo purificado y renovado desde sus mismas entrañas y al que habrá de seguir una época de paz admirable y de santidad en la que Cristo reinará “
de un confín a otro de la tierra”, y en la que “
todos sus enemigos caerán a sus pies y le darán vasallaje”, teniendo entonces la Iglesia un triunfo glorioso en un nuevo Pentecostés. Por tanto, no se deben confundir el Juicio de Naciones que tendrá lugar al Fin de los Tiempos, con el Juicio Final que tendrá lugar al fin del mundo. En el primero, el mundo saldrá purificado; en el segundo, habrá de tener lugar el fin de la historia de la humanidad.

A efecto de que no exista confusión, diremos que cuando se habla de los Últimos Tiempos, se quieren indicar los tiempos que Dios concede a las Naciones o a los pueblos Gentiles, que es lo mismo, para su conversión. Las Naciones o Gentiles son todos los no judíos.
Entonces, estos tiempos de ahora, en cuya vigencia aún estamos, pero cuyo final ya presentimos, están a punto de terminar. Es decir, estamos por llegar al Fin de los Últimos Tiempos. Insistimos, no debe confundirse el Fin de los Últimos Tiempos, o dicho simplemente, Fin de los Tiempos con el fin del mundo. Cuando llegue el Fin de los Tiempos de las Naciones o de los Gentiles, es natural que se les pida cuenta a éstas - Juicio de las Naciones – sobre los muchos días que tuvieron para entrar a la salvación de Dios, para convertirse. Cuando llegue el otro fin, el último, el fin del tiempo, en el Juicio Final de la humanidad, la cuenta será pedida precisamente a toda la humanidad, a todos y a cada uno.
Esta es la razón urgente y fundamento de estar atentos a los llamados Signos o Señales de los Tiempos, que algunos intuyen, otros constatan, unos más niegan y la mayoría ignora, pues son incapaces de discernirlos, pues están más preocupados por los falsos y engañosos “bienes” que el mundo les ofrece sin advertir el gran peligro que asecha.
Precisamente una de las principales características de los Últimos Tiempos será la falta de fe, el enfriamiento de la caridad, el crecer de la maldad en general. Los textos de la Sagrada Escritura lo dejan sumamente claro:
“Has de saber que en los Últimos Tiempos sobrevendrán días difíciles porque habrá hombres egoístas, avaros, amadores de sí mismos y del dinero, jactanciosos, soberbios, maldicientes, incontinentes, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, amadores de los placeres más que de Dios. Eso sí, tendrán apariencia de piedad pero en realidad estarán lejos de ella…” (2da Carta de San Pablo a Timoteo, 3, 1-5).
“…Pues vendrá un tiempo en que no soportarán más la sana doctrina, antes bien, deseosos de novedades se amontonarán maestros conforme a las pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas.” (2da carta de San Pablo a Timoteo 4, 3-4).
Aquí queda en claro el por qué ha habido un aumento en exceso de supuestos caminos espirituales, muchos venidos del oriente, con énfasis en la energía, posiciones corporales, naturales, concentración mental y un largo etcétera, que precisamente son confusos pues si bien pueden producir bienestar físico, mental o emocional, no conducen al Dios Verdadero.
Los Últimos Tiempos que estamos viviendo nos revelan entonces una batalla espiritual que se manifiesta en toda la tierra. Esta batalla espiritual está representada figurativamente por la estirpe de María Santísima y la estirpe de Lucifer. Dice el Génesis:
“Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la de Ella. Y tú le asecharás el calcañar (talón)
y Ella te aplastará la cabeza.” (3, 15).
Y esta batalla que se ha venido desarrollando en los siglos ha adquirido mayor dramatismo conforme nos acercamos hacia su final. Y así el Apocalipsis nos revela lo siguiente:
“Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas… y se vio otra señal en el cielo y he aquí un gran dragón color de fuego…” (12.1, 3).
Esta gran batalla es la lucha de los hijos de María, Virgen de luz, y los hijos de las tinieblas – Satanás. Y esta lucha ha traído no solamente una gran falta de fe, sino también la apostasía, es decir, una defección religiosa, alejamiento o seducción llevada a cabo por falsos profetas que pondrán en peligro la salvación de los hombres. Esta lucha contra el príncipe del mal es la que expresa el Concilio Vaticano II:
“A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que iniciada en los orígenes del mundo, durará, como lo dice el Señor, hasta el día final.” (Gaudium et Spes, # 37). Y así lo confirma al apóstol San Pablo a los Tesalonicenses: “Por lo que hace a la venida de nuestro Señor, no os dejéis fácilmente turbar el espíritu… porque antes ha de venir la apostasía…” (II Tes 2, 1).
El gran problema es que esta falta de fe y apostasía en el mundo ha llegado al corazón mismo de la Iglesia, lo que desatará la mayor prueba que habrá de pasar la Iglesia desde su fundación. Este será uno de los principales acontecimientos del Final de los Tiempos. Ya el Papa Juan Pablo II había mencionado esta batalla y prueba para la Iglesia, con ocasión del Congreso Eucarístico en Filadelfia del año de 1976. Estas fueron sus palabras:
“Estamos ahora ante la confrontación histórica más grande que los siglos jamás han conocido. Estamos ante la lucha final entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre Evangelio y el anti-evangelio. No creo que el ancho círculo de la Iglesia Americana ni el extenso círculo de la Iglesia Universal se den clara cuenta de ello. Pero es una lucha que descansa dentro de los planes de la Divina Providencia.”La lucha de la Iglesia y del Evangelio de Cristo en contra de las fuerzas del mal se ha dado desde sus orígenes y se plasma en la parábola del trigo y la cizaña, pero ahora hemos llegado al final de esta batalla que muy pocos realmente perciben en el mundo actual y que los hace incapaces de discernir pues los Signos de los Tiempos y entender lo que está pasando en el mundo de hoy en su más profundas causas ontológicas,
“porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni tampoco entienden.” En efecto, en ellos se cumple la profecía de Isaías, que dice:
“Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirando y volverán a mirar y no verán. Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible, han cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos y no oír con los oídos, ni comprender con el corazón” (Mt 13, 10-17).