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Lo profetizado respecto a la 70 semana de Daniel y a la Parusía constituye el contorno y los parámetros dentro de los cuales se desarrollará la conclusión de los tiempos mesiánicos. Contra el determinismo está la revelación de Jesucristo en el sentido de que por amor a los elegidos “se acortarán aquellos días”.
La preparación espiritual es posible, y el poder de la oración es inmenso, apenas paragonable a la fuerza liberada por la energía atómica, lo cual tendrá un impacto positivo sobre los acontecimientos. Cabe destacar aquí el papel primordial que la Virgen María jugará durante el periodo de la Gran Tribulación. Así como ella fue central para la primer venida de Cristo, lo será también para la segunda, preparando a la humanidad para recibir a su Hijo. A ello se debe que San Juan resumiera la batalla espiritual de ese periodo con la figura de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, triunfando finalmente sobre el mal. Por otro lado, hay que pensar que si bien la Parusía es un acontecimiento de origen divino, y por tanto gratuito e inmerecido, el Reino de Cristo lo adelantamos nosotros libre y conscientemente con nuestras oraciones y obras diarias. El Reino se nos dará, pero al mismo tiempo lo vamos implantando desde ahora. La grandeza del premio que se nos promete, es la esperanza que puede sostener la más grande lucha. Y ésta será ideológica y espiritual, directamente contra el padre de la mentira y sus servidores. Los primeros mártires debieron luchar contra los emperadores, los últimos contra el mismo Satanás. Por eso serán mártires mayores. Como dice San Agustín, ni siquiera serán reconocidos como mártires, ya que serán condenados como delincuentes ante las multitudes, pues la opinión pública estará a favor de la persecución. En opinión de Castellani, “Los fieles de los últimos tiempos se salvarán por una caridad inmensa, una fe heroica y la esperanza firme en la Segunda Venida de Cristo”. La unión de las naciones, primero en bloques y finalmente en un solo Imperio Mundial, sueño fascinante de los globalizadores, no puede realizarse sino por Cristo, ó contra Cristo. La unidad del género humano, que se logrará solo con la ayuda de Dios conforme está anunciado, los mundialistas lo intentan construir al margen del designio divino, haciendo a un lado a Dios, abominando el antiguo proyecto de unidad que se llamó la Cristiandad, e incluso violentando la naturaleza humana con la supresión programada de la familia, de las instituciones y de las naciones, de la dignidad humana y de su libertad. El mundo se dirige hacia una catástrofe intrahistórica, que quizá asuma la forma de un suicidio colectivo, pero dicha catástrofe condiciona una gloriosa transformación de la vida del hombre y del mundo. Es tal la certeza del triunfo y la grandeza de la recompensa que por ello San Lucas insiste “Cuando veáis que estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Por encima del pesimismo ó el optimismo, categorías meramente psicológicas, el Apocalipsis levanta la divisa de la esperanza, que es una virtud teologal, misma que se alcanza sólo con la oración. Más allá de las fechas que el Padre retiene en su mano, Cristo volverá movido también por nuestro deseo ardiente de Él, por lo que incesantemente tenemos que repetir la plegaria que elevaban a diario los primeros cristianos anhelando la Parusía: “Ven Señor Jesús”.
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